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LA PALABRA

SUPLEMENTO CULTURAL DOMINICAL Por: Francisco Salazar Matínez

Cinco razones para (re)leer a José María Arguedas en 2011

Carlos Pacheco

He aceptado con entusiasmo y gratitud la invitación a participar por Venezuela en esta teleconferencia en celebración del centenario de José María Arguedas, a quien aprecio como figura cimera de la literatura y las ciencias sociales en nuestro continente. Ya que me corresponde iniciar la ronda, voy a intentar una mirada panorámica, dentro de la necesaria brevedad, que destaque las principales razones de mi aprecio, esas que podrían convidar hoy a muchos, en especial a los jóvenes, a ofrecerle el mejor homenaje, que es la atenta lectura de sus obras.
Dedico esta exposición a varios apreciados colegas y amigos arguedianos que en diversos momentos y lugares me animaron a mí a leerlo y me ayudaron a comprenderlo: Nelson Osorio, William Rowe, Raúl Bueno Chávez, Julio Ortega, Martin Lienhard y, muy especialmente, el recordado maestro Antonio Cornejo Polar.
La primera de las cinco razones es el raro privilegio del que fue dotado Arguedas por azares biográficos: esa doble sensibilidad, capaz de percibir, comprender y sufrir como propias vivencias culturales y concepciones del mundo enfrentadas en diversas esferas de la realidad.
Las circunstancias son conocidas: genéticamente blanco, destinado en principio por su origen familiar a ser miembro de una clase de señores rurales, poseedor más tarde, gracias a sus propios esfuerzos, de una distinguida cultura literaria y de una no menos distinguida carrera como etnólogo y folklorista, quedó también marcado de por vida por la huella entrañable de la crianza indígena (gracias a la maldad de su madrastra quien con ello creyó castigarlo) y por la permanente cercanía y fraternidad con las comunidades quechuas y mestizas. Son estas peculiaridades de su formación bicultural y bilingüe las que le permiten percibir hondamente ese choque de culturas, estudiarlo científicamente, expresarlo de manera cabal desde la entraña de su narrativa y buscar en toda ocasión la posibilidad de una integración transculturadora, donde el choque de los odios ancestrales pudiera convertirse en diálogo productivo y salvador.
"Envidiable destino" lo llamó Gustavo Adolfo Westphalen (1976: 349) y añadió: "poseer un doble instrumento de captación de la vida y el universo, expresarse libre y gozosamente en dos idiomas de tan diversas estructuras y posibilidades, aprovechar de todo el rico acervo de dos tradiciones antiquísimas, y en muchos casos, disímiles y contradictorias (...) no tener que repudiar parte alguna del doble legado". Envidiable y también terrible ese destino, debemos añadir, porque durante su vida entera sufrió en carne propia el desgarrón entre esas diversas y superpuestas polaridades étnicas, sociales y culturales, también lingüísticas, simbólicas y políticas, porque dedicó su mejor energía a estudiar las raíces de esos conflictos y a visualizar y proponer caminos para superarlos; porque en este intento se le fue la vida, como atestiguan sus diarios postreros. "Mestizo de dos almas", dice Roa Bastos, resumiendo maravillosamente esa angustiosa dualidad que fue para él constitutiva.
La segunda razón, tal como explicara Cornejo Polar en su libro fundacional (1973), es el admirable diseño expansivo que despliega la ficción arguediana desde los conflictos más antiguos y más simples hasta los más recientes, amplios y complejos. En efecto, desde la mínima escala de la aldea representada en los cuentos del volumen Agua (1935); se pasa a los mundos sociales, políticos y culturales mayores y más complejos de Yawar Fiesta (1941), Los ríos profundos (1958) y Todas las sangres (1964), donde --en sincronía con las migraciones indígenas-- del ámbito serrano se va accediendo gradualmente al costeño y donde al antiguo enfrentamiento entre indígenas y gamonales se unen los nuevos elementos disruptores del capitalismo nacional y foráneo. Por último, está El zorro de arriba y el zorro de abajo (1971), su novela póstuma, tan osada y ruptural que no fue comprendida inicialmente por algunos críticos. La apuesta estética y la exigencia al lector llegan aquí a un clímax. En ese caótico hervidero que es el puerto pesquero de Chimbote se ven magnificados los estragos de la abrupta modernización en la miseria de barriadas y prostíbulos y en la lucha bastarda de empresarios, políticos y sindicalistas. Ese caos es asumido por la anómala estructura fragmentaria de la novela, que además viene a ser interrumpida por los diarios de un Arguedas integrado al universo ficcional. En medio de esa desintegración, de ese crecimiento desmesurado y arbitrario que da la espalda a todo sentido de comunidad, a todo respeto por la naturaleza y la tradición, sobrevive sin embargo un rescoldo de esperanza. Porque, ocultos tras la suciedad y los harapos, irreconocibles para una mirada superficial, laten aún la dignidad, la sabiduría natural y un sentido de fraternidad.
Una tercera razón de la excepcional valía de Arguedas es el inusual y fructífero acompañamiento y diálogo que se produce en su obra entre el artista de la escritura y el científico social, tal como plantea William Rowe en uno de sus Ensayos arguedianos (1996). Estos acercamientos resultan complementarios y logran superar explicaciones o enfoques en sí solos insuficientes como el étnico-cultural, el sociopolítico o la empatía estética con las concepciones míticas. Arguedas sabe fluir entre ellos en una dinámica compleja que oscila entre la compenetración intensa del poeta y el novelista con el pensamiento mágico y la distancia metodológica del antropólogo.
En este sentido llega muy lejos y se convierte en caso paradigmático, incluso entre otros transculturadores como Rulfo, Guimarães Rosa o Roa Bastos, también estudiosos y ficcionalizadores a la vez de sus respectivas culturas indígenas o campesinas. No puede extrañarnos entonces que sea Arguedas quien primero visualiza el proyecto literario transculturador, adelantándose al famoso libro de Ángel Rama (1982), cuando, de manera tan osada como polémica, caracteriza dos grupos de narradores que denomina los "rulfianos" y los "cortázares", según sea (desde adentro o desde afuera) su aproximación a nuestras culturas ancestrales. Se comprende también que, con la incorporación de los diarios a su última novela, relativice las fronteras de la literariedad y fuerce una vez más la interacción entre las búsquedas del escritor y el investigador, a las que vendrá a unirse el testimonio de un hombre agotado, literalmente mortificado, por el íntimo desgarramiento y la inestabilidad psíquica.
La cuarta razón se centra en la relevancia de la lengua y el sonido. Por lo común admiramos el desempeño excepcional de un escritor en el espacio de su lengua materna. En casos excepcionales, como los de Conrad o Nabokov, en el de una segunda lengua. Más raro y más admirable es el caso de escritores bilingües desde la infancia como Arguedas que no sólo practica la escritura literaria en ambos idiomas (la poesía, predominantemente en quechua; la novela, en castellano), sino que siembra la binariedad lingüística y cultural en el terreno íntimo de la escritura, al intervenir la prosa del relato en castellano con "sutiles desordenamientos" (la frase es de Roa Bastos, desde su experiencia con el guaraní) para hacerlo vibrar con las modulaciones y sonoridades del quechua. Aprovecha para ello los recursos de esa lengua aglutinante y raigalmente oral: su vasta polisemia, las reiteraciones creadoras de ritmo y su potencia metafórica y onomatopéyica. Oraliza así su escritura y la aproxima a la sensibilidad indígena, en especial respecto de la naturaleza, la comunidad y lo sagrado.
Como detalla Jana Hermuthová (2004: 40 y 64), este proceso de transformaciones léxicas, sintácticas y rítmicas alcanza una dimensión sonora que sólo puede comprenderse como realización musical, mientras aclara también que en la obra arguediana hay primero un camino constructivo que culmina en el armónico y poético lenguaje de Los ríos profundos y uno des(cons)tructivo, revelado en la novela póstuma a través de la caótica multiplicidad de lenguas y estilos superpuestos que resulta en una rechinante polifonía.
Muchas otras razones podrían sumarse a las dichas, pero quiero cerrar con una referencia al presente y expresar, como mi quinta razón para leerlo hoy, que es mucho lo que la original mirada arguediana podría aportar a la vida atribulada de nuestro mediático, tecnológico y globalizado siglo XXI.
La conflictiva dinámica social y cultural del Perú y de América Latina vivida por Arguedas persiste hoy con nuevos rostros de extrema perversidad en el genocidio, el secuestro, el sicariato y la segregación, las narcomafias y las nuevas esclavitudes urbanas, la uniformización ideológica impuesta como requisito de ciudadanía, los fundamentalismos y autoritarismos de todo signo, entre muchos otros. Y la respuesta a estos antiguos y nuevos azotes sólo puede ser concebida y desarrollada desde una perspectiva tenazmente utópica como la suya que se planteó nada menos que la superación del odio desde esa sencilla y casi evangélica máxima de la tradición oral quechua que reza: "¡Que no haya rabia!".
Estoy convencido de que si Arguedas logró una comprensión más elevada de los conflictos humanos fue porque, al ser un "mestizo de dos almas", cualquier manifestación de odio enfrentaba una parte suya con la otra y esto simplemente le dolía. El conocimiento y el aprecio por la cultura y las visiones propias no tenía por qué implicar rechazo, desprecio ni ataque a las diferentes.
Apenas meses antes de suicidarse por no poder soportar ya más ese sufrimiento, por sentirse incapaz de contribuir a la transformación cuya necesidad veía tan nítida, sostenía en alto su optimismo. Desde allí pronuncio su ineludible manifiesto por la tolerancia y la inclusión: "Yo no soy un aculturado; -nos dijo entonces: yo soy un peruano que orgullosamente, como un demonio feliz, habla en cristiano y en indio, en español y en quechua" (1975: 282). Su mensaje supone algo tan elemental como difícil de practicar con la radical honestidad que le es indispensable: la aceptación y hasta celebración de la diferencia, el respeto y la inclusión del otro. Tradiciones y culturas, religiones y concepciones políticas, identidades sexuales o propuestas de país pueden ser legítimamente diferentes; hasta pueden dialogar y complementarse. ¿Ingenuo e idealista el compañero Arguedas? Tal vez un poco: como Gandhi, como Mandela, como todo el que tiene fe en una utopía y no deja por eso de avanzar hacia ella contra todo pronóstico de éxito. Cada uno de nuestros países, a su manera propia e intransferible, enfrenta hoy esa disyuntiva.
Si escuchamos a Arguedas, el camino está marcado por esos valores: ¡Que no haya rabia! Que todos quepamos dentro.