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Flor de Sonetos Latinoamericanos
Simón
Latino
Esta
selección de sonetos latinoamericanos se ha hecho para conmemorar el vigésimo
aniversario de la fundación de la presente colección de Cuadernillos de Poesía,
y como un intento (el primero que se hace en nuestra América), de reunir en un
haz apretado lo mejor de lo mejor que nuestra lírica ha producido en forma de
sonetos en el largo espacio de cinco siglos de existencia. Si realmente son
estos los cien mejores, o sólo cien de los mejores, es asunto que el lector
juzgará; tras una búsqueda que se ha prolongado por años, y con la ayuda de
poetas y críticos amigos de todos nuestros países –desunidos por impopular
política, pero fuertemente unidos por el arte y la cultura comunes-, hemos
arribado a la selección que el folleto contiene.
No tenemos mucha fe en nuestro propio criterio; toda antología muestra las
debilidades de su autor por tal o cual forma poética, o por tal o cual tendencia
espiritual. El arte que llaman nuevo (muchas veces para encubrir el hecho de que
no es arte, pues por esencia todo arte es intemporal) no nos convence todavía; y
quizá por eso, faltan aquí algunos sonetos de poetas de hoy que quizá ellos
piensen que deberían estar. Habrá que dejar que el tiempo corra, para ver si
(como ha ocurrido con César Vallejo), los reivindica.
Hay otra circunstancia que no debe olvidarse al juzgar una labor de esta clase:
nuestra América es un continente multinacional y multánime, y este hecho hay que
tenerlo en cuenta en una tarea que se hace con fines editoriales, y no meramente
contemplativos del autor; países como México, Cuba, Colombia, Chile y Argentina
tienen una tradición cultural más larga que otros, y este hecho se refleja
marcadamente en una antología como la presente. Sin embargo, ninguna
consideración nos ha impedido juzgar con todo rigor las obras seleccionadas;
pasan de cinco mil los sonetos que se han escrito y publicado en el extenso
lapso que abarca esta antología, y que nosotros hemos leído con el máximo
cuidado; poetas hay como Sor Juana Inés de la Cruz, Pesado, Heredia, Pombo,
Pagaza, Bilac, Darío, González Martínez, Valencia, Lugones, Bandeira, Mistral,
De Lima, Ibarbourou, Maya, Moraes y otros, que tienen varios sonetos dignos de
ser incluidos, pero había que dar cabida a otros, y limitar la colaboración de
cada uno.
En esta antología, como en la del número 28 que aparece simultáneamente, damos
participación -aunque sea simplemente simbólica-, a la rica y abundante poesía
brasilera, como una señal de nuestro empeño porque esa poesía se integre con la
nuestra; y lo hacemos porque pensamos que esa integración plena y total del
Brasil con América es hoy una urgente necesidad tanto en lo literario como en lo
económico y en lo político. Nuestro número 39 lo dedicamos íntegramente a ese
propósito.
Ahora bien, esta antología habrá de ser editada muchas veces, y naturalmente
perfeccionada; esta perspectiva nos anima a lanzarla como está, en la esperanza
de mejorarla en cada edición.
Simón
Latino
Anónimo
(Mexicano, año 1530. Como bien lo anota el crítico azteca Antonio Castro Leal,
“nuestra poesía en lengua española nace a mediados del siglo XVI, cuando
empiezan a escribir los hijos de los conquistadores”. El soneto con que
iniciamos la presente antología es de esa época, de autor desconocido, y,
posiblemente, el primero de alta calidad producido en América por un criollo
auténtico. Fue publicado en una compilación titulada Sumaria relación de las
cosas de la Nueva España, hecha por Baltasar Dorantes Carranza en 1604; su
intención es clara: satirizar al colonizador que, enfermo y sin dinero, viene a
“hacer la América”, y después de haber sido un humilde pescador en España, y
tras de desempeñar acá toda clase de oficios, hasta el de vendedor de agujas y
alfileres en las calles, logra, quien sabe por qué artes, un título de nobleza,
o se enriquece hasta convertirse en “un Fúcar” abominando luego de la tierra que
así lo ha engrandecido. El soneto es, de por sí, una joya literaria, y refleja
en su factura la influencia que el clasicismo español ejercía sobre la
incipiente literatura vernácula. No hay que olvidar que por esos años vivían en
México unos cuantos ingenios peninsulares, comenzando por el famoso Gutierre de
Cetina, y que fue en México en donde se estableció la primera imprenta y
prosperó la mejor Universidad de la Colonia. Se explica, pues, así que allí
también brotaran las primeras flores auténticas de la poesía nativa).
Viene de
España….
Viene de
España por el mar salobre
a nuestro mexicano domicilio
un hombre tosco, sin ningún auxilio,
de salud falto y de dinero pobre.
Y luego
que caudal y ánimo cobre,
le aplican en su bárbaro concilio
otros como él, de César y Virgilio
las dos coronas de laurel y robre.
Y el
otro, que agujetas y alfileres
vendía por las calles, ya es un Conde
en calidad, y en cantidad un Fúcar:
y abomina
después el lugar donde
adquirió estimación, gusto y haberes…
¡y tiraba la jabega en Sanlúcar!
Francisco
de Terrazas
(Mexicano, 1540-1600. Está considerado como el primer poeta latinoamericano que
hizo y publicó versos en nuestra América. Fue hijo de un mayordomo de Hernán
Cortés, y su reputación literaria fue tan grande que trascendió a España, y el
propio Cervantes lo elogia en La Galatea (1584). Sólo alcanzó a publicar nueve
sonetos, entre los cuales el que publicamos ha sido juzgado como el mejor, y el
más bello. Una edición de las Poesías de Terrazas fue hecha en México en 1941).
Soneto
Dejad las
hebras de oro ensortijado
que el ánima me tienen enlazada,
y volved a la nieve no pisada
lo blanco de esas rosas matizado.
Dejad las
perlas y el coral preciado
de que esa boca está tan adornada;
y al cielo, de quien sois tan envidiada,
volved los soles que la habéis robado.
La gracia
y discreción, que muestra ha sido
del gran saber del celestial maestro,
volvédselo a la angélica natura;
y, todo
aquesto así restituido,
veréis que lo que os queda es propio vuestro:
ser áspera, cruel, ingrata y dura.
Gregorio
de Matos
(Brasilero, 1633-1696. En el Cuadernillo que a la poesía brasilera dedicamos en
esta colección, planteamos la duda de si el siguiente soneto, atribuido a De
Matos, e incluido en el Vol. I de sus Obras por la Academia Brasilera de Letras,
le pertenece realmente, o fue escrito por el portugués Manuel de Nóbrega, a
quien se lo atribuye el colombiano Juan Manuel García de Tejada (1774-1845), su
traductor al castellano).
A Jesús
Crucificado
A vos
corriendo voy, brazos sagrados,
en la cruz sacrosanta descubiertos,
que para recibirme estáis abiertos
y por no castigarme estáis clavados.
A vos,
divinos ojos, eclipsados,
de tanta sangre y lágrimas cubiertos,
que para perdonarme estáis despiertos,
y por no confundirme estáis cerrados.
A vos,
clavados pies para no huirme;
a vos, cabeza baja por llamarme;
a vos, sangre vertida por ungirme;
a vos,
costado abierto, quiero unirme;
a vos, clavos preciosos, quiero atarme
con ligadura dulce, estable y firme.
Fray
Miguel de Guevara
(Mexicano, 1606-? Se ha puesto en duda la paternidad de este magnífico soneto,
uno de los más bellos de nuestra lengua, pues muchos lo atribuyen a San Juan de
la Cruz y otros a Santa Teresa o a San Francisco Javier. Hoy parece
“suficientemente probado” que es obra del ilustre agustino mexicano. Confirmando
esta autenticidad, dice Pedro Henríquez Ureña: “Este soneto se halla por primera
vez en una obra del mexicano Fray Miguel de Guevara, en manuscrito fechado en
1638).
A Cristo
Crucificado
No me
mueve, mi Dios, para quererte
el cielo que me tienes prometido,
ni me mueve el infierno tan temido
para dejar por eso de ofenderte.
Tú me
mueves Señor; muéveme el verte
clavado en esa cruz y encarnecido;
muéveme el ver tu cuerpo tan herido;
muéveme tus afrentas y tu muerte.
Muéveme,
en fin, tu amor, y en tal manera,
que aunque no hubiera cielo yo te amara
y aunque no hubiera infierno te temiera.
No me
tienes que dar porque te quiera,
pues aunque lo que espero no esperara,
lo mismo que te quiero te quisiera.
Francisco
Alvarez de Velazco y Zorrilla
(Colombiano, 1647-… La fecha de su nacimiento es segura; debió ser bogotano, a
juzgar por sus apellidos. Álvarez de Velasco murió a comienzos del siglo XVIII.
De él dice un autor que se cuidaba “más de la llaneza que de la elegancia”.
Sintió como Domínguez Camargo, la influencia de los grandes poetas españoles de
la época, especialmente la de Quevedo).
De los
que llamamos bienes de esta vida no hay alguno que bien visto no sea falso
Si toda
vida es una muerte viva,
la juventud aurora acelerada,
la salud una flor del cierzo ajada
y el puesto, un puesto que en el aire estriba;
si es la
nobleza luz de perspectiva,
si es la belleza rosa deshojada,
si es el deleite una ilusión soñada,
si es toda dicha sombra fugitiva;
si es el
aplauso un lisonjero engaño,
si el séquito, el que al loco da el desprecio,
si las riquezas un dinero a daño,
salga
desde hoy mi error del suyo necio,
pues veo ya con la luz del desengaño
que el humo al cobre se levanta el precio.
Sor Juana
Inés de la Cruz
(Mexicana, 1651-1695. Esta prodigiosa mujer, cuyo verdadero nombre es Juana de
Asbaje y Ramírez, fue hija de un capitán marino español y una criolla mexicana,
y nació en Nepantla, al sur de la ciudad de México, según unos el 12 de
noviembre de 1631; en 1648 o 1651, según otros. Murió en la ciudad de México el
17 de abril de 1695. Por sus geniales dotes poéticas se la conoce como la décima
musa. Ella y Rubén Darío forman sin duda los dos grandes momentos estelares de
la poesía latinoamericana en cuatro siglos. En todos los géneros produjo Sor
Juana obras maestras. Algunos de los más bellos sonetos de nuestra literatura le
pertenecen, y escribió más de cincuenta).
A su
retrato
Este que
ves engaño colorido,
que del arte ostentando los primores,
con falsos silogismos de colores,
es cauteloso engaño del sentido;
este, en
quien la lisonja ha pretendido
excusar de los años los horrores,
y venciendo del tiempo los rigores
triunfar de la vejez y del olvido,
es un
vano artificio del cuidado,
es una flor al viento delicada,
es un resguardo inútil para el hado,
es una
necia diligencia errada,
es un afán caduco y, bien mirado,
es cadáver, es polvo, es sombra, es nada.
A una
rosa
Rosa
divina, que en gentil cultura
eres con tu fragante sutileza
magisterio purpúreo en la belleza,
enseñanza nevada en la hermosura.
Amago de
la humana arquitectura,
ejemplo de la vana gentileza,
en cuyo ser unió naturaleza
la cuna alegre y triste sepultura.
¿Cuán
altiva en tu pompa, presumida,
soberbia, el riesgo de morir desdeñas,
y luego, desmayada y encogida,
de tu
caduco ser das mustias señas!
Con que con docta muerte y necia vida
viviendo engañas y muriendo enseñas.
Juan
Bautista Aguirre
(Ecuatoriano, 1725-1786. Este jesuita poeta nació en la provincia del Guayas y
murió en Italia. Fue, además de poeta, educador, y por juzgársele liberal en una
época en que ser liberal era herejía, fue desterrado. Cultivó diversos géneros
literarios e hizo cinco buenos sonetos, de estilo gongorino y quevedesco.
Algunos de ellos son de amor, a pesar de su carácter sacerdotal. El que
reproducimos es de los más originales del autor.
Soneto
moral
No tienes
ya del tiempo malogrado
en el prolijo afán de tus pasiones,
sino una sombra, envuelta en confusiones,
que imprime en tu memoria tu pecado.
Pasó el
deleite, el tiempo arrebatado
aun su imagen borró; las desazones
de tu inquieta conciencia son pensiones
que has de pagar perpetuas al cuidado.
Mas si el
tiempo dejó para tu daño
su huella errante, y sombras al olvido
del que fue gusto y hoy te sobresalta,
para el
futuro estudia el desengaño
en la imagen del tiempo que has vivido,
que ella dirá lo poco que te falta.
Manuel de
Zequiera y Arango
(Cubano,
1764-1846. Considerado uno de los precursores de la poesía cubana, no dejó, sin
embargo, obra importante, salvo su oda A la Piña, de mérito relativo. Había
nacido en La Habana, y murió en Matanzas, loco. “Entre otros delirios -dice
Cintio Vitier-, creía que al ponerse el sombrero se tornaba invisible; singular
locura, de extraña sugestión mágica, que nos recuerda la del Licenciado
Vidriera” (Lo cubano en la poesía, p. 37, 1958).
La
ilusión
Soñé que
la fortuna, en lo eminente
del más brillante trono, me ofrecía
el imperio del orbe, y que ceñía
con diadema inmortal mi angustia frente.
Soñé que
hasta el ocaso, desde Oriente,
mi formidable nombre discurría,
y que del Septentrión al Mediodía
mi poder se adoraba humildemente.
De
triunfantes despojos revestido,
soñé que de mi carro rubicundo
tiraba César con Pompeyo uncido.
Despertome el estruendo furibundo,
solté la risa y dije en mi sentido:
“¡Así pasan las glorias de este mundo!”.
Manuel de
Navarrete
(Mexicano, 1768-1809. Aunque fue fraile franciscano desde los 19 años de edad,
escribió y publicó hermosos versos de amor, cuyo estilo es un preanuncio del ya
cercano romanticismo. Escribió también poesía religiosa y descriptiva, siendo
notables sus odas La Inmortalidad y La Mañana, que Castro Leal incluye entre las
cien mejores poesías líricas mexicanas).
Influjo
de amor
Célebres
calles de la corte indiana,
grandes plazas, soberbios edificios,
templos de milagrosos frontispicios,
elevados torreones de arte ufana;
altos
palacios de la gloria humana,
fuentes de primorosos artificios,
chapiteles, pirámides, hospicios,
que arguyen la grandeza americana.
¡Oh
México, sin duda yo gozara
del gusto que me brinda tu grandeza
si causa superior no lo estorbara.
De tu
suelo me arranca con presteza
el suave influjo de la dulce cara
de una agraciada rústica belleza.
José
Joaquín Pesado
(Mexicano, 1801-1861. Poeta clasicista, descriptivo, hábil constructor de
sonetos de factura impecable, dejó obra escasa pero de alta calidad. Fue,
además, traductor a lengua castellana de los Cantos de Netzahualcoyotl.
Participó en la política, primero como liberal, luego como conservador y
católico, lo que lo hizo centro de continuos ataques. De una serie de sonetos
titulados Sitios y escenas de Orizaba y Córdoba, tomamos el siguiente).
La Fuente
de Ojozarco
Sonora,
limpia, transparente, ondosa,
naces de antiguo bosque, ¡oh sacra fuente!
En tus orillas canta dulcemente
el ave enamorada y querellosa.
Ora en el
lirio azul, ora en la rosa
que ciñen el raudal de tu corriente,
se asientan y se mecen blandamente
la abeja y la galana mariposa.
Bien te
conoce Amor por tus señales,
gloria de las pintadas praderías,
hechizo de pastoras y zagales.
Mas ¿qué
son para mí tus alegrías?
¿Qué tus claros y tersos manantiales,
si sólo has de llevar lágrimas mías? |