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Cinco razones para (re)leer a José María
Arguedas en 2011
Carlos
Pacheco
He
aceptado con entusiasmo y gratitud la invitación a participar por Venezuela en
esta teleconferencia en celebración del centenario de José María Arguedas, a
quien aprecio como figura cimera de la literatura y las ciencias sociales en
nuestro continente. Ya que me corresponde iniciar la ronda, voy a intentar una
mirada panorámica, dentro de la necesaria brevedad, que destaque las principales
razones de mi aprecio, esas que podrían convidar hoy a muchos, en especial a los
jóvenes, a ofrecerle el mejor homenaje, que es la atenta lectura de sus obras.
Dedico esta exposición a varios apreciados colegas y amigos arguedianos que en
diversos momentos y lugares me animaron a mí a leerlo y me ayudaron a
comprenderlo: Nelson Osorio, William Rowe, Raúl Bueno Chávez, Julio Ortega,
Martin Lienhard y, muy especialmente, el recordado maestro Antonio Cornejo
Polar.
La primera de las cinco razones es el raro privilegio del que fue dotado
Arguedas por azares biográficos: esa doble sensibilidad, capaz de percibir,
comprender y sufrir como propias vivencias culturales y concepciones del mundo
enfrentadas en diversas esferas de la realidad.
Las circunstancias son conocidas: genéticamente blanco, destinado en principio
por su origen familiar a ser miembro de una clase de señores rurales, poseedor
más tarde, gracias a sus propios esfuerzos, de una distinguida cultura literaria
y de una no menos distinguida carrera como etnólogo y folklorista, quedó también
marcado de por vida por la huella entrañable de la crianza indígena (gracias a
la maldad de su madrastra quien con ello creyó castigarlo) y por la permanente
cercanía y fraternidad con las comunidades quechuas y mestizas. Son estas
peculiaridades de su formación bicultural y bilingüe las que le permiten
percibir hondamente ese choque de culturas, estudiarlo científicamente,
expresarlo de manera cabal desde la entraña de su narrativa y buscar en toda
ocasión la posibilidad de una integración transculturadora, donde el choque de
los odios ancestrales pudiera convertirse en diálogo productivo y salvador.
"Envidiable destino" lo llamó Gustavo Adolfo Westphalen (1976: 349) y añadió:
"poseer un doble instrumento de captación de la vida y el universo, expresarse
libre y gozosamente en dos idiomas de tan diversas estructuras y posibilidades,
aprovechar de todo el rico acervo de dos tradiciones antiquísimas, y en muchos
casos, disímiles y contradictorias (...) no tener que repudiar parte alguna del
doble legado". Envidiable y también terrible ese destino, debemos añadir, porque
durante su vida entera sufrió en carne propia el desgarrón entre esas diversas y
superpuestas polaridades étnicas, sociales y culturales, también lingüísticas,
simbólicas y políticas, porque dedicó su mejor energía a estudiar las raíces de
esos conflictos y a visualizar y proponer caminos para superarlos; porque en
este intento se le fue la vida, como atestiguan sus diarios postreros. "Mestizo
de dos almas", dice Roa Bastos, resumiendo maravillosamente esa angustiosa
dualidad que fue para él constitutiva.
La segunda razón, tal como explicara Cornejo Polar en su libro fundacional
(1973), es el admirable diseño expansivo que despliega la ficción arguediana
desde los conflictos más antiguos y más simples hasta los más recientes, amplios
y complejos. En efecto, desde la mínima escala de la aldea representada en los
cuentos del volumen Agua (1935); se pasa a los mundos sociales, políticos y
culturales mayores y más complejos de Yawar Fiesta (1941), Los ríos profundos
(1958) y Todas las sangres (1964), donde --en sincronía con las migraciones
indígenas-- del ámbito serrano se va accediendo gradualmente al costeño y donde
al antiguo enfrentamiento entre indígenas y gamonales se unen los nuevos
elementos disruptores del capitalismo nacional y foráneo. Por último, está El
zorro de arriba y el zorro de abajo (1971), su novela póstuma, tan osada y
ruptural que no fue comprendida inicialmente por algunos críticos. La apuesta
estética y la exigencia al lector llegan aquí a un clímax. En ese caótico
hervidero que es el puerto pesquero de Chimbote se ven magnificados los estragos
de la abrupta modernización en la miseria de barriadas y prostíbulos y en la
lucha bastarda de empresarios, políticos y sindicalistas. Ese caos es asumido
por la anómala estructura fragmentaria de la novela, que además viene a ser
interrumpida por los diarios de un Arguedas integrado al universo ficcional. En
medio de esa desintegración, de ese crecimiento desmesurado y arbitrario que da
la espalda a todo sentido de comunidad, a todo respeto por la naturaleza y la
tradición, sobrevive sin embargo un rescoldo de esperanza. Porque, ocultos tras
la suciedad y los harapos, irreconocibles para una mirada superficial, laten aún
la dignidad, la sabiduría natural y un sentido de fraternidad.
Una tercera razón de la excepcional valía de Arguedas es el inusual y fructífero
acompañamiento y diálogo que se produce en su obra entre el artista de la
escritura y el científico social, tal como plantea William Rowe en uno de sus
Ensayos arguedianos (1996). Estos acercamientos resultan complementarios y
logran superar explicaciones o enfoques en sí solos insuficientes como el
étnico-cultural, el sociopolítico o la empatía estética con las concepciones
míticas. Arguedas sabe fluir entre ellos en una dinámica compleja que oscila
entre la compenetración intensa del poeta y el novelista con el pensamiento
mágico y la distancia metodológica del antropólogo.
En este sentido llega muy lejos y se convierte en caso paradigmático, incluso
entre otros transculturadores como Rulfo, Guimarães Rosa o Roa Bastos, también
estudiosos y ficcionalizadores a la vez de sus respectivas culturas indígenas o
campesinas. No puede extrañarnos entonces que sea Arguedas quien primero
visualiza el proyecto literario transculturador, adelantándose al famoso libro
de Ángel Rama (1982), cuando, de manera tan osada como polémica, caracteriza dos
grupos de narradores que denomina los "rulfianos" y los "cortázares", según sea
(desde adentro o desde afuera) su aproximación a nuestras culturas ancestrales.
Se comprende también que, con la incorporación de los diarios a su última
novela, relativice las fronteras de la literariedad y fuerce una vez más la
interacción entre las búsquedas del escritor y el investigador, a las que vendrá
a unirse el testimonio de un hombre agotado, literalmente mortificado, por el
íntimo desgarramiento y la inestabilidad psíquica.
La cuarta razón se centra en la relevancia de la lengua y el sonido. Por lo
común admiramos el desempeño excepcional de un escritor en el espacio de su
lengua materna. En casos excepcionales, como los de Conrad o Nabokov, en el de
una segunda lengua. Más raro y más admirable es el caso de escritores bilingües
desde la infancia como Arguedas que no sólo practica la escritura literaria en
ambos idiomas (la poesía, predominantemente en quechua; la novela, en
castellano), sino que siembra la binariedad lingüística y cultural en el terreno
íntimo de la escritura, al intervenir la prosa del relato en castellano con
"sutiles desordenamientos" (la frase es de Roa Bastos, desde su experiencia con
el guaraní) para hacerlo vibrar con las modulaciones y sonoridades del quechua.
Aprovecha para ello los recursos de esa lengua aglutinante y raigalmente oral:
su vasta polisemia, las reiteraciones creadoras de ritmo y su potencia
metafórica y onomatopéyica. Oraliza así su escritura y la aproxima a la
sensibilidad indígena, en especial respecto de la naturaleza, la comunidad y lo
sagrado.
Como detalla Jana Hermuthová (2004: 40 y 64), este proceso de transformaciones
léxicas, sintácticas y rítmicas alcanza una dimensión sonora que sólo puede
comprenderse como realización musical, mientras aclara también que en la obra
arguediana hay primero un camino constructivo que culmina en el armónico y
poético lenguaje de Los ríos profundos y uno des(cons)tructivo, revelado en la
novela póstuma a través de la caótica multiplicidad de lenguas y estilos
superpuestos que resulta en una rechinante polifonía.
Muchas otras razones podrían sumarse a las dichas, pero quiero cerrar con una
referencia al presente y expresar, como mi quinta razón para leerlo hoy, que es
mucho lo que la original mirada arguediana podría aportar a la vida atribulada
de nuestro mediático, tecnológico y globalizado siglo XXI.
La conflictiva dinámica social y cultural del Perú y de América Latina vivida
por Arguedas persiste hoy con nuevos rostros de extrema perversidad en el
genocidio, el secuestro, el sicariato y la segregación, las narcomafias y las
nuevas esclavitudes urbanas, la uniformización ideológica impuesta como
requisito de ciudadanía, los fundamentalismos y autoritarismos de todo signo,
entre muchos otros. Y la respuesta a estos antiguos y nuevos azotes sólo puede
ser concebida y desarrollada desde una perspectiva tenazmente utópica como la
suya que se planteó nada menos que la superación del odio desde esa sencilla y
casi evangélica máxima de la tradición oral quechua que reza: "¡Que no haya
rabia!".
Estoy convencido de que si Arguedas logró una comprensión más elevada de los
conflictos humanos fue porque, al ser un "mestizo de dos almas", cualquier
manifestación de odio enfrentaba una parte suya con la otra y esto simplemente
le dolía. El conocimiento y el aprecio por la cultura y las visiones propias no
tenía por qué implicar rechazo, desprecio ni ataque a las diferentes.
Apenas meses antes de suicidarse por no poder soportar ya más ese sufrimiento,
por sentirse incapaz de contribuir a la transformación cuya necesidad veía tan
nítida, sostenía en alto su optimismo. Desde allí pronuncio su ineludible
manifiesto por la tolerancia y la inclusión: "Yo no soy un aculturado; -nos dijo
entonces: yo soy un peruano que orgullosamente, como un demonio feliz, habla en
cristiano y en indio, en español y en quechua" (1975: 282). Su mensaje supone
algo tan elemental como difícil de practicar con la radical honestidad que le es
indispensable: la aceptación y hasta celebración de la diferencia, el respeto y
la inclusión del otro. Tradiciones y culturas, religiones y concepciones
políticas, identidades sexuales o propuestas de país pueden ser legítimamente
diferentes; hasta pueden dialogar y complementarse. ¿Ingenuo e idealista el
compañero Arguedas? Tal vez un poco: como Gandhi, como Mandela, como todo el que
tiene fe en una utopía y no deja por eso de avanzar hacia ella contra todo
pronóstico de éxito. Cada uno de nuestros países, a su manera propia e
intransferible, enfrenta hoy esa disyuntiva.
Si escuchamos a Arguedas, el camino está marcado por esos valores: ¡Que no haya
rabia! Que todos quepamos dentro. |